Explicación de imágenes y simbolos

En el símbolo el pensamiento -lo racional, lo nocional, lo lógico- se diluye, se disuelve… No desaparece: se transmuta a través de la alquimia de la palabra. Y aloja en su seno toda la dimensión emocional que nos constituye. Lo simbólico lleva el logos a su origen y lo transforma en mito.



A través del símbolo nos lanzamos, nos decimos y nos des-decimos: proclamamos la plenitud y la insuficiencia de la palabra.


El símbolo no nos lleva al origen; no es regressio ad uterum. Más bien nos lleva, desde el origen, hacia ese más-allá que también nos constituye –usque ad mortem- sin miedo y con fascinación. Hacia el misterio: numen tremens et fascinans. Hacia el punto Omega en el que emergerá la Plenitud (o la Nada).



En el ámbito humano, territorio de frontera, coexisten lo sim-bólico y lo dia-bólico: lo que unifica y lo que disgrega; lo que construye y lo que destruye. En constante y continua palingenesia, pues todo muere y nace a cada instante.

En la práctica simbólica lo importante no es disponer del fragmento dividido de nuestro más-acá, sino intuir el límite y acertar a ensamblar, con impulso pleno, nuestra mitad con la otra del más-allá.

El verdadero proceder simbólico parte de la palabra, pero no se reduce a ella. Y por ello es intraducible verbalmente; siempre queda un excedente, un plus, un no sé qué que quedan balbuciendo…

El verdadero símbolo participa de la estructura antropológica básica: la religación. Pero es religación con lo Absoluto, con lo que nos excede. Y en él se abre la paradoja: nos religa con lo que nada ni nadie puede religar, porque es lo suelto radical: lo ab-soluto.





En el símbolo somos atravesados, traspasados. Tanto en su producción como en su re-producción el símbolo suena a través de nuestra máscara: per-sonat. Trae al más-acá (nuestro territorio) la voz de un más allá que también nos pertenece (al menos, como sueño o como aspiración). Y nos hace –de verdad- personas.

El símbolo nos enseña que el más-allá no está en el espacio, en el tiempo, en la materia, sino en la conciencia y en su potencial de plenitud. En nuestro propio trayecto mental.

En el ex de la exsistencia está el radical simbólico.

El símbolo limpia (mundat) nuestro mundo. Por ello el espacio humano desprovisto de símbolos es in-mundo.

También –a veces- en el espacio de lo simbólico penetra y actúa lo diabólico. Pero es su simulacro, su negación, su mentira.



La palabra símbolo –ella misma- es sim-bólica. Nos lleva a las afueras del lenguaje.

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